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LA PUERTA DEL SALÓN 13 - Una historia de suspenso, misterio y terror ambientada en una institución educativa.
Cuentos
14 de septiembre de 2026·Redacción Enredito

LA PUERTA DEL SALÓN 13 - Una historia de suspenso, misterio y terror ambientada en una institución educativa.

La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la institución. Eran casi las siete de la noche y los pasillos estaban completamente vacíos. El profesor Daniel caminaba lentamente por el segundo piso mientras revisaba que todas las aulas estuvieran cerradas. Había sido un día largo y solo quería llegar a casa. Cuando pasó frente al salón 13, escuchó un ruido. Tres golpes. Toc. Toc. Toc. Daniel se detuvo. Miró la puerta. —¿Hay alguien ahí? No recibió respuesta. Pensó que quizá alguna ventana había quedado abierta. Se acercó y puso la mano sobre la manija. Estaba fría. Demasiado fría. Abrió lentamente. El salón estaba vacío. Las sillas permanecían organizadas en filas. El tablero estaba limpio. Las luces, apagadas. Daniel encendió el interruptor. Nada. Lo volvió a intentar. La luz parpadeó dos veces y finalmente se encendió. Entonces lo vio. En el tablero había una frase escrita con tiza: «PROFE, LLEGÓ TARDE.» Daniel sintió un escalofrío. Miró su reloj. 7:03 p. m. —Qué extraño... Tomó el borrador y eliminó la frase. Cuando terminó, escuchó nuevamente los tres golpes. Toc. Toc. Toc. Pero esta vez no venían de la puerta. Venían del fondo del salón. Daniel se giró. Una de las sillas estaba moviéndose lentamente. Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Como si alguien invisible estuviera sentado en ella. Daniel retrocedió. —¿Quién está ahí? La silla se detuvo. Silencio. Entonces, sobre el tablero, apareció lentamente una nueva frase. No había nadie escribiendo. Pero las letras comenzaron a formarse una por una. «NO ME DEJÓ TERMINAR LA CLASE.» Daniel quedó paralizado. Recordó entonces una historia que había escuchado años atrás. Decían que un estudiante había desaparecido en esa institución durante una noche de tormenta. Nunca encontraron su cuerpo. Algunos profesores aseguraban que, desde entonces, cada cierto tiempo se escuchaban golpes en el salón 13. Daniel nunca había creído en esas historias. Hasta esa noche. El mensaje De repente, su teléfono vibró. Miró la pantalla. Había recibido un mensaje de WhatsApp. El remitente era un número desconocido. El mensaje decía: «Profesor, ¿puedo entregar el trabajo mañana?» Daniel sintió que el corazón se le detenía. Respondió: —¿Quién eres? Los tres puntos aparecieron en la pantalla. Alguien estaba escribiendo. La respuesta llegó: «Soy el estudiante que falta en la lista.» Daniel levantó lentamente la mirada hacia el tablero. La frase anterior había desaparecido. Ahora había una sola palabra: «AQUÍ.» Las luces se apagaron. Daniel intentó abrir la puerta. No pudo. Tiró de la manija una y otra vez. —¡Auxilio! Entonces escuchó una voz detrás de él. Una voz joven. Muy cerca de su oído. —Profe... Daniel quedó inmóvil. —¿Sí? La voz susurró: —¿Por qué nunca me llamó a lista? Daniel se giró. No había nadie. Pero todas las sillas estaban ahora ocupadas. Todas. Excepto una. La que estaba frente al escritorio. El cuaderno Sobre ella había un cuaderno viejo. Daniel se acercó lentamente. En la portada estaba escrito un nombre: Samuel Ríos. Abrió el cuaderno. La primera página tenía una lista de estudiantes. Todos estaban marcados con una pequeña X. Excepto Samuel. Daniel pasó las páginas. Encontró trabajos, dibujos, notas y tareas. En la última página había una frase escrita con una letra temblorosa: «Si algún día alguien encuentra esto, dígale a mi profesor que yo nunca salí del salón.» Daniel dejó caer el cuaderno. En ese instante, las luces volvieron. La puerta estaba abierta. El pasillo estaba vacío. Daniel salió corriendo. Nunca volvió a entrar al salón 13. Al día siguiente A la mañana siguiente, varios profesores encontraron algo extraño. Sobre el tablero del salón había una lista de asistencia. Todos los estudiantes aparecían registrados. Incluso Samuel. Al lado de su nombre había una palabra escrita con tiza: PRESENTE. Desde aquel día, nadie volvió a escuchar golpes en el salón 13. O al menos eso pensaban. Porque años después, una nueva profesora llegó a la institución. Durante su primera noche de trabajo, mientras organizaba unos documentos, escuchó tres golpes en la puerta. Toc. Toc. Toc. Se levantó. Abrió. No había nadie. Regresó a su escritorio. Sobre el tablero apareció una frase: «PROFE, ¿ME PUEDE PONER PRESENTE?» Y debajo... apareció lentamente un nuevo nombre en la lista de asistencia. Daniel Mosquera. La profesora miró hacia la puerta. Y escuchó una voz susurrando desde el pasillo: —Él también llegó tarde. Escrito por Wilmer Mosquera F. – Docente