En la sombra de un cuarto silente, donde el eco no encuentra respuesta, habita un ser invisible y paciente,
la soledad, esa eterna danza.
Te envuelve como un manto invisible, se siente en el aire quieto y denso, es un rostro en el espejo invisible,
un susurro sin voz, un inmenso silencio que grita en tus oídos, una compañía que nunca abandona,
es el frío que recorre tus sentidos, la melancolía que te destroza y sana.
Pero en su abismo también hay belleza, un espacio para encontrarse a sí mismo, una pausa en la locura que arde y crece,
un refugio donde el alma se abisma.
Y así, entre la luz y la penumbra, entre la calma y el desconsuelo, la soledad te hace más tierno y más oscuro,
te convierte en dueño de tu propio anhelo.
Escrita Por la Estudiante Ayelen Vera - 9°B