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LA ÚLTIMA SILLA
Cuentos
14 de septiembre de 2026·Redacción Enredito

LA ÚLTIMA SILLA

El salón estaba casi vacío cuando sonó el timbre de salida. Los estudiantes abandonaron el aula entre risas, empujones y conversaciones sobre lo que harían durante el fin de semana. En pocos minutos, solo quedaron algunas hojas sobre los pupitres y una silla vacía junto a la ventana. El profesor Daniel observó aquella silla durante unos segundos. Era la silla de Mateo. Hacía tres semanas que Mateo había comenzado a faltar a clases. Al principio, nadie le dio demasiada importancia. —Seguro está enfermo —decían algunos. —De pronto se cambió de colegio —comentaban otros. Pero Daniel sabía que algo no estaba bien. Mateo siempre había sido un estudiante tranquilo. No era el más brillante del curso, ni el más popular, pero tenía una manera especial de ayudar a los demás. Si alguien olvidaba un lápiz, él prestaba el suyo. Si un compañero no entendía un ejercicio, se quedaba después de clase para explicárselo. Sin embargo, durante los últimos meses había cambiado. Ya casi no hablaba. Dejó de entregar trabajos. Sus calificaciones comenzaron a bajar. Y un día, simplemente dejó de asistir. Una tarde, Daniel decidió buscarlo. Después de preguntar a algunos estudiantes, consiguió una dirección. Caminó varias cuadras hasta llegar a un barrio humilde, donde las casas estaban construidas unas junto a otras y las calles comenzaban a llenarse con las sombras del atardecer. Finalmente encontró la casa. Tocó la puerta. Una mujer abrió. Parecía cansada. —¿La mamá de Mateo? —preguntó Daniel. La mujer bajó la mirada. —Sí. —Soy su profesor. He venido porque estamos preocupados por él. Durante unos segundos, ella no respondió. Después abrió un poco más la puerta. —Mateo está adentro. El profesor entró. La casa era pequeña. En la sala había una mesa, dos sillas y un viejo sofá. En una esquina había varias cajas con medicamentos. Entonces Daniel comprendió. Mateo estaba cuidando a su madre, que llevaba meses enferma. Por las noches trabajaba haciendo pequeños encargos para conseguir dinero. Durante el día se ocupaba de ella. Y cuando podía, intentaba estudiar. Pero ya no podía con todo. Daniel se acercó a él. Mateo estaba sentado frente a una mesa, con un cuaderno abierto. —¿Por qué no nos dijiste nada? —preguntó el profesor. Mateo permaneció en silencio. —Porque no quería que nadie sintiera lástima por mí. Daniel se sentó a su lado. —Pedir ayuda no significa ser débil. Mateo levantó la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas. —Profesor... yo quería seguir estudiando. De verdad quería. Pero cada día sentía que estaba perdiendo todo. Daniel respiró profundamente. —No tienes que enfrentar esto solo. Al día siguiente, Daniel habló con los demás profesores. Entre todos buscaron una solución. Algunos compañeros comenzaron a llevarle los apuntes. Otros organizaron una pequeña colecta para ayudar a su madre. La institución consiguió apoyo para que Mateo pudiera continuar sus estudios sin abandonar a su familia. Pasaron los meses. La salud de su madre comenzó lentamente a mejorar. Mateo regresó al colegio. Al entrar al salón, todos guardaron silencio. La silla junto a la ventana seguía vacía. Mateo caminó hasta ella y se sentó. Entonces uno de sus compañeros se acercó y puso una mano sobre su hombro. —Nos alegra tenerte de vuelta. Mateo sonrió. Era la primera vez que sonreía así en mucho tiempo. Aquel día, el profesor Daniel escribió una frase en el tablero: “Nunca juzgues la batalla de alguien por el silencio con el que la enfrenta.” Los estudiantes permanecieron en silencio. Porque ahora entendían algo que antes no habían visto. A veces, detrás de una mala nota hay una preocupación. Detrás de una persona que se aleja puede haber un dolor. Detrás de alguien que parece indiferente puede existir una batalla que nadie conoce. Y muchas veces, una simple pregunta puede cambiarlo todo: “¿Estás bien?” Mateo nunca olvidó aquella etapa de su vida. Años después, cuando regresó al colegio convertido en profesional, buscó al profesor Daniel. —Usted me enseñó muchas cosas —le dijo—, pero la más importante no estaba en ningún libro. Daniel sonrió. —¿Cuál? Mateo miró hacia el antiguo salón. —Que nadie debería sentirse solo cuando está atravesando su peor momento. Y antes de marcharse, agregó: —A veces una persona no necesita que le resuelvan la vida. Solo necesita saber que alguien está dispuesto a sentarse a su lado. La última silla del salón ya no estaba vacía. Había dejado de ser el lugar de un estudiante ausente. Ahora representaba algo mucho más grande: la oportunidad de volver a empezar. Enseñanza No sabemos qué batalla está enfrentando una persona cuando la vemos actuar de determinada manera. Antes de juzgar, debemos aprender a escuchar, preguntar y acompañar. Una palabra de apoyo, un gesto de solidaridad o simplemente estar presentes puede convertirse en la esperanza que alguien necesita para no rendirse. Porque a veces, salvar a alguien no significa hacer grandes cosas. Significa no dejarlo solo. Escrito por Wilmer Mosquera – Docente